
Todos salieron en comboy: los sueños, los versos, los besos, los orgasmos, los recuerdos, los gritos de auxilio, las lágrimas, los llantos en silencio, los chistes, las confesiones, los primeros de enero, los 29 de mayo, los mensajes al celular borrados, los granos de café, los cielos abiertos, los aterrizajes forzosos, los árboles, las nubes, los fantasmas del pasado, las iglesias, los escondites, las recargas que te regalaba, los montones de saliva desperdiciada en llevar vidas paralelas, los helados, los libros de Chopra, los caminos que no llevan a ninguna parte, los escándalos, los golpes, las fiestas, la moral, la palabra de cuatro letras a la que toreamos, los versículos que no leímos, la amistad que nos profesamos, el amor que pisoteamos, el Rodeo blanco que te hacía sentir señora, la carroza fúnebre donde me vi paseando, el elefante que fue a dar en la basura, el collarcito caro, el collarcito barato, la blusa con la que conseguía, las palabras con las que yo no conseguía nada, la ilusión, el recato, el ahorro, el terremoto, la colección de fotos, el revistero, el atropello, el derecho, la virtud, el spaguetti, el sueldo fijo que me separa del éxito, la gordura, la mediocridad que me viste de colores, la tormenta, las campanas, las cervezas, las llamadas, el menisco, el pellizco, las mojas, los hijos, los deberes, las lecciones que nadie revisó, los exámenes que se jaló, los autobuses que dejaste de tomar, el perfume que te hace culpable, el tabaco, la playa, la sordera y mi confianza. Todos salieron en comboy y no dijeron a donde iban.