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martes, 20 de agosto de 2013

¡Protesto!



Protesto contra el hambre en el mundo pero estoy en contra de dar ayuda a las personas necesitadas: una, porque no se cómo encontrarlas en Facebook, y otra, porque “pago mis impuestos” y los corruptos se cogen mi plata en vez de hacer algo por los pobres: ¿cachas?.

Protesto contra la explotación del Yasuní pero estoy en contra de dejar de contaminar a través de usar menos el auto porque: una, ya me acostumbré a la comodidad, y otra, porque ir en bus es peligroso. ¿No has visto en la tele?

Protesto contra las violaciones a mujeres pero estoy en contra de vestirme más “recatada” aun sabiendo que mi forma de vestir incita a mentes perturbadas. Tengo el derecho de vestirme como me de la gana y más bien el Estado debería hacer pruebas a TODOS los hombres para saber quiénes son los desviados.

Protesto contra los Estados Unidos porque creo que son unos abusivos y además hacen guerra a otros países. Pero no estoy dispuesto a dejarles de comprarles nada ni a ir allá de vacaciones: una, porque eso me da “full” estatus, y otra, porque finalmente el “ratón miguelito” no es el que está disparando contra nadie.

Protesto contra el calentamiento global porque creo que es “super mala nota” que nuestros hijos tengan un mundo echo pedazos para vivir… pero no estoy dispuesto a dejarles de comprar juguetes plásticos ni estoy dispuesto a comprar lo que me venga en gana: una, porque no es que va a bajar el calentamiento global solo si yo dejo de comprar; y otra, porque debería haber una campaña para que “todos acolitemos” y no solo los más giles.

Protesto en contra del Chávez y de todos los izquierdosos, aunque no leo mucho ni puedo defender con argumentos claros lo que digo… más bien digo lo que oí a panas que “si le cachan” y que leen “full”. Osea igual no me caen mucho esos manes porque quieren hacer del Ecuador “otro Venezuela” (qué también será eso, pero igual estoy en contra).

Protesto contra la corrupción pero estoy en contra de robarme las hojas de papel del trabajo para mi “enano”: una, porque este año les pidieron “full” materiales y no me alcanza el sueldo para comprar todo lo que se les ocurre a “los colegios”; y otra, porque en el trabajo nunca me han pagado horas extras, “así que así” desquito.

Estoy en contra de un montón de “notas” más. Por eso yo oigo “full” música protesta que “no es comercial” y que el resto “no cacha”.

sábado, 1 de junio de 2013

Cuando me toque…


Corto relato dedicado a los hijos de personas con Alzheimer

El olvido es la muerte más cruel. No desnutre, no desmiembra, no agota, no lacera, no desangra, no golpea, no tortura, no intoxica, no destroza… solo olvida.

Es en la cabeza donde se libran las más feroces batallas. Es en la cabeza donde se forman largas hileras interminables de recuerdos como soldados, como guerreros apostados a la espera de la nada. Es en la cabeza donde no se necesitan balas para fulminar momentos, caras, nombres, parentescos, gratitudes y hasta amores.

“¿Sabes quién soy?” es la trompeta que suena para avisar que se han desplegado las tropas. “No”, es el sonido del cañón que sin misericordia alguna borra por completo lo que fue.

miércoles, 10 de abril de 2013

Riobamba vista desde los ojos de un quiteño.


Conocí Riobamba allá por mediados de los 70. Por sus calles empedradas circulaban pocos carros haciendo un ruido que uno podía escuchar a cuadras de distancia. Yo solía pasar en la Orozco. Desde la Loma de Quito se veía a lo lejos como iban subiendo… pero no solo subían carros, buses y camionetas, también subía gente ofreciendo productos. La señora de la leche, el señor de la fruta… hasta el señor sastre iba personalmente a dejar su trabajo y a ver si “porai había alguna otra cosita”.

Yo me bañaba temprano para salir disparado. Bajaba por unas gradas pintorescas y ya estaba en el Centro. Me gustaba pararme en la Estación para ver pasar la vida. Si una cosa me llamaba la atención es que en esta ciudad todo el mundo saludaba. La 10 de Agosto era bulliciosa porque la gente se hablaba de un lado de la calle al otro. “¡Cómo estás Miguelito!”, “¡Bien hermano, ¿cómo están en tu casa, tu mamacita?”… y así. Y el caminar, por motivo de esta acción, era lento, maravillosamente lento. Una procesión de gente que subía, saludaba con el 90% de la procesión de la gente que bajaba. Eso pasaba todos los días.
Allá por los 80s un buen día llegó un espectáculo a la Estación. Una mujer en una urna de cristal, aparecía desnuda envuelta en una gigantesca culebra… ¡Qué culebra, qué culebra! Han pasado 30 años y no me he borrado la cara de la chica (que por cierto, si no se la tragó en esa década la culebra, hoy ya debe ser abuela). Muchos guambras hacíamos la fila para ver el siniestro espectáculo. Al salir, unos tantos se compraban la ficha para el futbolín, y otros jugaban al “Sapo”. Finalmente “paviando” se llegaba a la casa.

A las 5 de la tarde, impajaritablemente se tomaba el café. En este ritual no podía faltar el pan de agua de la Vieneza, la mortadela de la Ibérica y el queso, que don Manuelito traía pasando un día. A mi me gustaba el café negro porque el café con leche me aflojaba el estómago. Uno que venía de Quito, donde en las fundas nos vendían 20% de leche y 80% de “quien sabe”, era un proceso adecuarse a este manjar. Yo nunca pude.

Se “mataperreaba”. Yo recuerdo que aplanábamos las calles de punta a punta. Por la mañana a hacer “deporte” en el Chiriboga y por la tarde a descansar en el “San Valentín”. Todo lo que se perdía en la cancha se ganaba en la mesa… calorías.

En la Merced el hornado había que pedirlo con pinzas. En “Sucres” en esa época, yo solo pedía 3 mil… si uno pedía 5 mil era porque estaba bien acompañado. Los platos eran gigantes. Un día, luego de mis 3 mil sucres de alegría y de un jugo helado, salí y me topé con un traslado. Unas 60 personas llevaban un ataúd por las calles. Yo me uní, quería saber cuánto se caminaba y dónde terminaba el “paseo”. Increíble, caminé lo que no recuerdo haber caminado antes. Terminamos en el cementerio. Ahí se habían preparado no menos de 10 discursos para elevar loas por el fallecido. Esto era en Enero. Cuando me fui a la casa me topé con 3 pases del niño. Curiquingues que iban y venían, una fiesta. Como es de pequeña la ciudad y como es de contradictoria la vida. Los llantos y las risas se mezclaban en la misma cuadra.

Riobamba es una ciudad de la que es difícil no enamorarse. Les hablo desde un Quito ruidoso, complicado, inseguro. Riobamba es la ciudad más cercana al cielo. Es ese conjunto de calles donde convergen los opuestos. Me siento enormemente orgulloso de poder escribir para esta ciudad, porque si bien soy quiteño de nacimiento, no me cabe duda de ser riobambeño por naturalización. Felicidades Riobamba de mi vida.

domingo, 10 de marzo de 2013

Sobornando a un empleado público.



Ayer SÁBADO, me timbraron la puerta. Era el empleado del agua potable que venía a cortarme el servicio por no haber pagado. No lo había hecho porque me había olvidado o porque no había tenido tiempo, no. No había pagado porque no había tenido plata para hacerlo. Salí a recibirlo con la verdad. Por respeto a mi mismo nunca utilizo las excusas tradicionales: “este ratito estaba por ir”; “Vea, me cogió justo yendo”; “mi abuelita tiene cáncer y vive conmigo y si me quita el agua se muere”… etc.

Al salir me encontré con un hombre de mediana edad que más que un empleado yendo a cortarme un servicio básico, parecía una visita. Venía con sus hijos en un carro rojo. Para mi que luego de “hacerme el daño” de seguro iban a ir a la piscina o al parque a disfrutar del sábado familiar. Yo salí y le mostré dónde estaba el medidor. Me dijo: “Voy a tener que cortarle el agua por no pagar mi amigo”. ¿Amigo?, pensé para mis adentros. Y de inmediato se me vino a la cabeza una respuesta que se le dije en silencio: “A los amigos no se les corta el agua”.

Le dije: “Le soy honesto, no he pagado porque tengo dinero por cobrar pero no me han pagado. El viernes cobré 120 dólares de los 4 mil que me deben. Escogí entre comer y pagar el agua y adivine qué elegí”. Mientras le hablaba, los niños se salían por la ventana del auto parqueado. Veían con admiración como su padre hacía responsablemente su trabajo. Uno de ellos por lo menos, soñaba en ser un “cortador de agua” cuando fuera grande. No me quitaban la vista de encima. El “cortador” me dijo: “El problema es que yo gano por cortar el agua a los morosos. Si no le corto, VOY A PERDER”. Poco me faltó por sacar el pañuelo del bolsillo derecho y sentarme a llorar. ¡Iba a ser el culpable de que esas criaturas no puedan llevarse un pan a la boca!. “Cuánto le pagan por corte”, dije. “5 dólares cobro”, me dijo. Ya pues, solucionemos esto de la única vía posible. Le dije que me esperara un ratito. Entré a la casa y saqué 5 dólares de una alcancía donde voy reuniendo los sueltos que me dan en los vueltos. Quería dárselos “elegantemente”, como cuando uno soborna a un policía de tránsito o a un tramitador del Registro Civil. Quería meter el dinero dentro de algún documento pero no tenía nada a la mano. Ni modo. Con la mirada de los niños todavía clavada en mi persona, estiré la mano y le di los 5 dólares.

Yo sentía lo que sienten las quinceañeras que se han acostado con el barrio entero, pero que frente a sus padres, tomadas de la mano de sus novios, siguen fingiendo su virginidad. Me sentía sucio. Trataba de sobornar al empleado público en un “punto ciego” donde los niños no nos vieran. Pero para Él parecía no haber problema. Con el dinero en la mano me dio un sabio consejo (que por cierto me he dado cuenta que está incluido en el costo de todos los sobornos a los empleados públicos): “no se descuidará jefe, pagará prontito”

Entré a mi casa donde estábamos desayunando en familia. Mis hijos me preguntaron: “Dónde fuiste papi”. Había dos opciones: la una era terminar de apretarme la soga al cuello y decirles: “Fui a sobornar a un empleado público frente a sus hijos”, y la otra, la diplomática, era decirles lo mismo pero con el lenguaje con que nos hablan los políticos y los pastores evangélicos. Opté por esa y dije: “A negociar la posibilidad de seguirnos bañando esta semana mis chiquitos… ¿Alguien quiere un poquito más de jugo?”

viernes, 12 de octubre de 2012

¿1er. grito de la independencia? ¿De quién?


En este barrio de “blancos” (unos menos blancos que otros), de casas grandes, de carros altos y de apellidos rimbombantes (Chicaiza Ruales, Avila Huiruno, etc.), algunos no hemos tenido tiempo para pensarlo. Me refiero a eso de la independencia. Muchos solo sabemos que se cumple un año más de no se cuantos. Para festejar este momento en que unos bravos patriotas sacaron del poder a otros menos bravos, mi vecino compró unas cervezas, un bloque de picaña, y un postre helado de Pingüino. ¡Qué mejor forma de decirles gracias!

Mi vecina en cambio, se puso sus chanclas de fin de semana, se cogió con una bincha el pelo, “a medio pelo”, y se puso a trapear el patio de baldosa amarillenta… tiene un perro con incontinencia.

La señora del frente hizo un homenaje musical. Puso un CD de las Mendoza Suasti y abrió la puerta de calle como para hacernos sentir que el reguetón hoy no tenía cabida. “¡Culturísense!” Leía yo entre líneas.

La vecina de la tienda no abrió. Me imagino que se quedó en su casa para conjuntamente con su esposo, repasar la gesta libertaria. Los veo hinchados de patriotismo leyendo la prosa y los versos que cuentan las hazañas republicanas.

Hasta el roquero de la esquina plegó al festejo. Hoy no se vistió de negro. Se vistió de gris. Tal vez su mensaje simbólico es que “hoy no hay luto, hay gloria”. En vez de la camiseta que dice “Mata a tus padres” debería haberse puesto una que diga: “Mataron a nuestros próceres pero obtuvimos la libertad”.

Todo marcha bien. De pronto, aparece uno de esos personajes con los que uno se topa para “hacer tierra”: un indígena pequeño, inteligente, artista… Y me caga la historia diciéndome: “Nosotros no nos independizamos de nada. Salieron los españoles para que nos sigan pisando los mestizos”.

Fin.

sábado, 6 de octubre de 2012

¡Estoy alienado!


Tuve que ir al Oriente ecuatoriano por un tema de trabajo. Últimamente cuando la gente pregunta qué hago, por no decirle que me subo a los buses con un calzoncillo anaranjado para hablar de democracia, digo que hago política ciudadana, publicidad y capacitación. Pues bien, alguien se creyó el discurso y fui a la selva a capacitar. (Por si acaso, lo del bus y el calzoncillo anaranjado es completamente cierto)

Llegué a la comunidad de Toñampari, famosa por la matanza de los misioneros evangélicos allá por fines de los 50. Un pueblo en medio de la selva. Todo es organizado, hay una escuela y un colegio bien distribuidos; hay un espacio cubierto que uno no se explica cómo llegó ahí; hay una pista aérea y, lo más gracioso, es que a un lado de la pista hay un cuadrado de cemento donde uno debe pararse en caso de que desee hablar por celular. Ese es el único punto en la comunidad donde llega la señal… y solo de una operadora. Tienen una iglesia rudimentaria en cuyo frente se encuentran placas conmemorativas de las víctimas de la matanza, de los asesinos que luego se hicieron “buenos”, y de una mujer norteamericana ícono para la comunidad que, en vez de morir picada por una “x” luego de haber desidido vivir ahí, murió luego de una operación de la cadera en Quito. Eso fue, en honor a la verdad, lo que creí haber oído de mi nuevo amigo Adan Gaba. Finalizo el tema de la experiencia con la narración de haberme encontrado con una antena satelital… no tenían teléfono pero si Internet. Es decir, cuando ellos necesitan un médico, lo publican en el muro de su Facebook en vez de llamarle al teléfono.
Me dejó ahí una avioneta a las 10H00. El piloto me dijo a gritos (por el sonido ensordecedor de los motores) “Le vengo a ver en 40 minutos”. Hice lo que tenía que hacer y 35 minutos más tarde, estaba listo en la pista de aterrizaje para volver a montarme en el pájaro metálico que me llevaría de nuevo a la civilización… si el Puyo puede llamarse civilizado. Nos dieron las 11H00, luego las 12H00, luego la una y luego las dos. El calor era como de 38 grados y a las 11 y media se me habían acabado los temas de conversación con un par de lugareños que acompañaban mi desdicha. “Qué calor ¿no?”. “Sí” me contestaban. Eso nos dijimos como por 30 minutos.

Finalmente y con una puntualidad “suiza”, llegó el piloto a las 3 y 40. Por eso pensé que por la bulla tal vez no me dijo que me retiraba en 40 sino a las 3 y 40. Bueno, en fin, horas más horas menos, yo las tenía todas: era estar ahí o estar en mi habitación del Puyo matando cucarachas y viendo Bob Esponja.

Al subirme en el avioncito afeminado, una avioneta rosada que parecía sacada de un cuento de Barbie, me di cuenta que no había un par de audífonos para mí. Creo que los utilizan por protección del ruido. De todos modos no me hice problema y en señas le dije al piloto que utilizaría los de mi reproductor de música. Él asintió con la cabeza. Como tengo en mi reproductor activada la función de reproducción aleatoria (de la música), puse “play” y sonó de inmediato una canción de los Visconti que se llama “Qué hacemos con mamá”. Casi lloro. Volaba en medio de la selva sabiendo de antemano que si me caía en el vuelo no me encontrarían nunca, y encima más, añorando a mi mamá.

Pasaron 3 minutos 12 segundos y se acabó la canción. Sonó otra de Guns & Roses, era un rock de esos de juventud. Que hermosura, volando encima de la selva y con rock. Empecé a necesitar una ametralladora porque todas las veces que había visto una escena de sobrevuelo por la selva, era con una cámara posada en un helicóptero transportando tropas en Vietnam. Recordemos que los gringos dominan el arte aquel de lograr que nos identifiquemos con sus causas. Necesitaba una ametralladora y chinos, vietnamitas, japoneses o cualquier “ojirasgado” abajo para poder matarle… finalmente, eso hacen los buenos.

Luego de 1 minuto que duró el sentimiento, me embargó otro de rabia y desconcierto. Yo, el publicista, había caído en las redes de la alienación “jolivudense”. ¡Qué tristeza! Si yo pude ser manipulado por una imagen así, cómo serán quienes no estudiaron nada al respecto.

Aterrizamos en Shell (nombre autóctono y ancestral que significa “Mapa Aerofotogramétrico Metapolar”), tomé un taxi, pagué 4 dólares y llegué a mi hotel. Justo a tiempo para ver Bob Esponja, qué más se puede pedir.

martes, 19 de junio de 2012

Matías Dávila 2010, Todos los derechos reservados. Quito - Ecuador - Suramérica